I Parte: Choque emocional y cultural
En mayo de este año, con mucho sueño acumulado y sin entender mucho la magnitud de mis decisiones, se me ocurrió la brillante idea de viajar a Ecuador por 42 días sola con mis dos hijos. Al principio parecía una decisión bastante lógica y un viaje tan esperado. Parecían unas vacaciones de ensueño en donde yo estuviera descansando y mis hijos al cuidado de toda mi familia (y vaya que tengo mucha familia). Todo en mi cabeza iba muy bien y yo no podía esperar a estas hermosas vacaciones.
Hasta que llegamos a nuestro destino con más sueño acumulado, con una maleta de ropa para 42 días, sin Pablo y sin las cosas que estaba acostumbrada como mamá en Canadá. Llegar a mi cuarto de adolescente con dos hijos no solo fue difícil de procesar porque me había convencido que necesitaba más espacio (sociedad consumista que te quiere vender todo lo que NO necesitas para ser mamá), sino también un choque emocional, pero esta vez con otros dos mini seres humanos que me llaman mamá.
En mi afán de controlar todo, empecé a cuestionarme a mí misma cada decisión que tomaba. Y a la edad de mis pequeños, es difícil incluso poder salir sin ellos. Tenía mucha ansiedad de planear algo por miedo a que no salga bien y no tener ese lugar seguro para mi refugio. Estaba confundida y muy enfocada en las cosas materiales que no tenía, y negándome la dicha y el privilegio de los míos.
Los amigos y la familia llegaban, pero yo no podía disfrutar el viaje como lo había imaginado en mi cabeza. Algunas noches me sentía muy distante de mi propia vida de joven, del lugar en donde crecí. Me sentía como “atrapada” en una realidad paralela a la que yo ya no conocía.

Poco a poco empecé a entender muchas cosas: yo no había sido jamás mamá en Ecuador. Yo no había pasado por el estado mental de maternidad en mi propio país y cultura. Yo no había compartido mi maternidad con nadie cercano a mi y yo sentía esta parte de mi vida como muy mía y muy canadiense. Es como si existieran dos versiones mías: la versión Karla joven y la versión Karla mamá y ambas estaban en el mismo espacio y yo debía aceptarlas como una sola.
Aquí, en un acto de pánico de temerle a este proceso de crecimiento, hablé con Pablo para regresar más pronto a Canadá. Pablo un poco asustado me dijo que yo debía pensar bien y que él me apoya en cualquier decisión. Yo creía que era más fácil regresar a mi realidad cómoda que pasar por este proceso de enfrentar mis propios miedos. Una parte de mi se negaba a esta etapa de crecimiento y cuestionamientos.
Que regalo me hice y les hice a mis hijos de poder pasar estos 42 días sanando, creciendo, dejando ir y aprendiendo a soltar. Dejar espacio para lo que estaba por venir.
Ahora que lo pienso, qué dicha poder haber hecho este viaje sin Pablo. A pesar de que hubiese apreciado mucho su apoyo, hay cosas que uno tiene que sanar sola. Y eso es importante.
Continuará…

Deja un comentario